Todo comienza con el vendedor de periódicos, que nunca he sabido si tiene
problemas para hablar o en realidad le gusta fingir que es mudo porque al
entrar con varios ejemplares de El Diario lo único que hace es mirarme y hacer
señas del número de periódicos que dejó para luego estirar la mano y recibir su
paga, toma el dinero y sale de la tienda con toda la prisa del mundo, al salir
se encuentra al panadero para enseguida saludarlo y compartir un cigarro.
Instantáneamente llega el tortillero con suficientes kilos de tortillas de maíz
que se necesitan para satisfacer a unas cuantas familias de la cuadra, recibe
su pago y se va. Entra el panadero, deja mercancía, recibe su pago y se marcha
dejando tras de sí un leve olor a cigarro que me causa un poco de ansiedad.
Como
cada mañana, alrededor de las nueve llega la señora Elena a comprar cosas para
hacer desayuno a su familia, y como cada mañana me pregunta el precio de cada
cosa que lleva con el temor de que esta vez el medio kilo de tortillas cueste
más que el litro de leche, no es por exagerar pero a veces casi me pide que le
dé el precio de cada huevo de acuerdo a su peso para confirmar que está pagando
lo justo. A veces siento pena por ella.
Entra Don Heriberto acompañado de su escandaloso ejército de nietos a quienes les dice que escojan una bolsa de papitas “de las de más abajo” mientras él enciende un cigarro DENTRO de la tienda, y yo, como cada mañana, le digo que no se puede fumar dentro del local porque siempre deja apestando el negocio a cigarro y eso es molesto para otros clientes, y él, como cada mañana, me dice con una asquerosa actitud pedante que mi papá no le dice nada por estar unos minutitos dentro de la tienda con un cigarro encendido y que no pasa nada. Usando la poca fuerza de voluntad que me queda me trago las ganas de gritarle que se largue a fumar a otro maldito lugar mientras recibo con una sonrisa falsa el pago por las bolsas de basura que le compra a sus nietecitos.
Entra Don Heriberto acompañado de su escandaloso ejército de nietos a quienes les dice que escojan una bolsa de papitas “de las de más abajo” mientras él enciende un cigarro DENTRO de la tienda, y yo, como cada mañana, le digo que no se puede fumar dentro del local porque siempre deja apestando el negocio a cigarro y eso es molesto para otros clientes, y él, como cada mañana, me dice con una asquerosa actitud pedante que mi papá no le dice nada por estar unos minutitos dentro de la tienda con un cigarro encendido y que no pasa nada. Usando la poca fuerza de voluntad que me queda me trago las ganas de gritarle que se largue a fumar a otro maldito lugar mientras recibo con una sonrisa falsa el pago por las bolsas de basura que le compra a sus nietecitos.
Ahora
que no hay clases (gracias a Dios) faltan los niños de la primaria, que a veces
llegaban en grupitos de hasta diez niños para preguntarme UNO POR UNO los
precios de TODAS las cosas de la tienda para al final de cuentas comprar tres
chicles de cuatro tablillas que terminarían repartiéndose entre ellos en la
entrada de la tienda.
Luego
llegan mis queridas vecinas Brenda y Lizbeth, con las que alguna vez compartí
tantas travesuras infantiles y ahora no se la acaban con los pañales que
necesitan para sus dos hijos.
Está también la viejita de la esquina que siempre llega con mala cara y antes de dar un paso dentro de la tienda ya se está quejando del calor que hace o cualquier cosa sin importancia… están los niños, los viejos, los proveedores, las quejas, las sonrisas hipócritas. Cerca de la una de la tarde llega doña Rosa dándome los buenos días (sí, a esa hora) y me pide la que probablemente es su segunda cajetilla de cigarros en el día.
Llega mi relevo y al fin puedo partir a casa después de varias horas de ver como tristemente se le va la vida a la gente de mi cuadra en cosas tan simples y sin importancia (al menos para mí). Al entrar a mi cuarto me dejo caer sobre la cama y me doy el placer de escribir acerca de cosas tan triviales por el simple hecho de que tenía una necesidad enorme de simplemente escuchar ese sonido que se produce al momento de que mis manos tienen contacto con el teclado.
Está también la viejita de la esquina que siempre llega con mala cara y antes de dar un paso dentro de la tienda ya se está quejando del calor que hace o cualquier cosa sin importancia… están los niños, los viejos, los proveedores, las quejas, las sonrisas hipócritas. Cerca de la una de la tarde llega doña Rosa dándome los buenos días (sí, a esa hora) y me pide la que probablemente es su segunda cajetilla de cigarros en el día.
Llega mi relevo y al fin puedo partir a casa después de varias horas de ver como tristemente se le va la vida a la gente de mi cuadra en cosas tan simples y sin importancia (al menos para mí). Al entrar a mi cuarto me dejo caer sobre la cama y me doy el placer de escribir acerca de cosas tan triviales por el simple hecho de que tenía una necesidad enorme de simplemente escuchar ese sonido que se produce al momento de que mis manos tienen contacto con el teclado.
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